
Judas.
Lo tengo claro, absolutamente claro. Lo que voy a hacer es lo correcto. Este hombre es un traidor. No se puede ir por ahí diciendo lo que dice y dejando a tanta gente en la estacada... Porque muchos creímos en él; esta tierra lleva mucho tiempo buscando un líder y él hubiera podido serlo porque tiene algo en la mirada, tiene algo; y sus palabras arden en los oídos, resuenan dentro como un látigo. No hay más que recordar aquel día en el monte, si hubiese querido, se habría alzado a su alrededor un auténtico ejército contra el invasor. Pero no, se pone a hablar de los débiles, de un reino que nadie sabe dónde está, y de los pacíficos, sobre todo de los pacíficos ¡con lo exaltados que estaban los ánimos!
Está lleno de buenas palabras, no digo que no, pero necesitamos otro tipo de hombre: un libertador, palabras ya las dijeron los profetas y no arreglaron nunca nada.
Y, sin embargo... tiene algo en el gesto. Recuerdo el día en que aquel centurión se acercó a él para pedirle que curase a su siervo. ¡Un romano! Que sí, que Roma nos había construido una sinagoga. Pero un enemigo es un enemigo y aquel hombre lo era. ¡Y además para un siervo! Como si no hubiese suficientes de los nuestros que atender.
Si, lo tengo claro... pero hay algo en su voz... Cuando se dirige a los niños, a los viejos, a nosotros mismos que somos ya hombre curtidos, no sé... hay algo.
A pesar de todo ello, tengo que hacerlo. No es por el dinero, ya ves, sólo son treinta monedas, un símbolo más que nada. Es por el bien de nuestra tierra, por todos los que amamos la libertad. Nuestras esperanzas están en juego. Y sin embargo tiene algo que...